Una producción periodística de Señales de Humo, con la colaboración de Libreta de notas.

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sábado, 10 de julio de 2010

Análisis: Un rival temible

Por Fernanda Niembra
Alemania es el rival de Australia en la final. Un rival temible, experto en este tipo de encuentros. Y viene de superar a un duro contrincante en el tiempo reglamentario, sin alargues agotadores ni penales azarosos.
Así es: en la otra semifinal, Alemania se impuso a Camerún por dos goles a uno. Los africanos no eran cualquier equipo: venían de eliminar sorpresiva y merecidamente a una Holanda muy confiada. Alemania, en cambio, venía con dudas, tras derrotar en los penales a la hermana selección suiza después de un empate a uno.
El entrenador alemán, Hans-Dieter Bohlen, celebra un gol de su equipo.

Cuando se vieron cara a cara, Camerún y Alemania se trataron con excesivo respeto, guardándose lo mejor para el tramo final. Mediando el segundo tiempo, los leones se adelantaron en el marcador tras una soberbia jugada colectiva. Pero enseguida se dejaron comer terreno por los europeos, que aprovecharon una sesión ingenua de un defensor al arquero para empatar el partido. A partir de entonces, Alemania atacó y Camerún contraatacó, en un vibrante intercambio de golpes que terminó a un minuto para el final, con un soberbio derechazo del nueve alemán, Jens Holzbein, que se clavó en el ángulo.
Su entrenador, Hans-Dieter Bohlen, es un hombre serio y pragmático, medido en sus declaraciones y poco dado al circo mediático. Seguramente estudiará a su rival con respeto, ajeno a lo que se comenta en la prensa, y planteará un partido práctico en el que, sin embargo, no renunciará al gol.
Pocas esperanzas hay, pues, para Australia. Podríamos decir que fue bueno mientras duró.

martes, 6 de julio de 2010

Análisis: Estrellas, tigres y leones

Por Fernanda Niembra
 Sólo Camerún, que ya eliminó a la temible Holanda, puede arrebatar el título a los europeos.

Salvo milagro, Alemania e Italia se verán en la final. Sus rivales, Camerún y Australia respectivamente, poco tienen que discutir a dos selecciones acostumbradas a las citas importantes y a los grandes duelos. Los europeos son dos viejos tigres que aspiran a tener una mancha más en su piel, una mancha con forma de estrella y significado triunfal.
¿Qué pueden hacer los modestos combinados de África y de Oceanía para impedir la consumación de lo inevitable? Camerún tiene no sólo la mejor oportunidad en muchos años, sino una enorme responsabilidad: la de llevar el fútbol africano, de una vez por todas, al cenit del panorama mundial. Por ello tiene que seguir fiel a su estilo, a ese desenfado característico del continente negro, combinado con la potencia física y la experiencia adquirida por sus jugadores en las mejores ligas del mundo. Sólo eso, no perder la identidad y jugar sin miedo ante Alemania, puede ponerlos en la final.
Australia, en cambio, ya puede darse por satisfecha con acabar en la cuarta posición de este torneo. Italia es siempre Italia, es ese equipo que hace lo mínimo para ganar, pero que no falla nunca. Los Socceroos, gracias al británico John Whiscoigne, han estado desarrollando un fútbol pragmático a imagen y semejanza de la más sofisticada tradición italiana, combinada con la mentalidad luchadora de un equipo chico pero aguerrido. Pero ahora se enfrentarán al Maestro. Y no parece que este Aprendiz esté en condiciones, aún, de vencerlo.
De modo que los únicos en condiciones de obrar el milagro son los leones de Camerún. Si ellos no pueden, prepárense para ver una nueva mancha en los tigres…

domingo, 20 de junio de 2010

Análisis: Los siete partidos

Por Fernanda Niembra
¿Tienen los Socceroos lo que hay que tener para estar entre los grandes?

Ya lo dijo el legendario defensor uruguayo Pablo Forlán: “Ganar el Mundial es muy fácil: son sólo siete partidos.” Efectivamente, esa es la distancia que debe recorrer cualquier selección que aspira a levantar la Copa.
La mitad de los equipos que participan en la máxima cita del fútbol apenas jugarán tres encuentros. Tres míseros partidos y a casa. Para Alemania, Brasil, Italia o Argentina, acostumbradas a estar ahí arriba, tres partidos les pueden parecer poco. Pero para las selecciones más modestas, esos tres encuentros son la gloria, son un premio a una esforzada trayectoria futbolística, un bonito recuerdo que atesorar.
Por eso el Mundial no es un torneo para cualquiera. No es una competición para equipos regulares, con planteles acostumbrados a los torneos de 19 ó 38 partidos, sino para conjuntos con mentalidad ganadora, que saben disputar cada minuto como si fuera el último. Equipos que no quieren perder ni en los entrenamientos, que luchan a muerte por cada pelota y que permanecen concentrados los 90 ó 120 minutos que dura un encuentro. No en vano dice la sabiduría popular que hay jugadores de equipo y jugadores de selección.
En un campeonato regular, un jugador importante se puede perder tres o cuatro partidos por una lesión, y a final de temporada no se nota. Pero en un Mundial… ¡tres partidos puede ser todo el torneo! La elección de los jugadores titulares y sus reemplazos es, por ello, fundamental.¿Tiene Australia los jugadores que debería? ¿Serán capaces estos Socceroos de solventar bien sus tres (o quizás más) partidos? La pelota ya está en marcha, la Historia los juzgará.

lunes, 31 de mayo de 2010

Análisis: Cambiar para sufrir

Por Fernanda Niembra
El cambio de Australia de la OFC (Confederación de Fútbol de Oceanía) a la AFC (Confederación de Fútbol de Asia) ha supuesto para los australianos un aumento de la exigencia competitiva, ya que los combinados asiáticos suelen tener una mayor y cada vez más importante cultura futbolística. De este modo, los australianos dejaron atrás sus paseos triunfales por las islas oceánicas para enfrentarse a selecciones con algo más de calado, sumado al aliciente de poder soñar, además, con la clasificación directa para la Copa Mundial de Fútbol.
No obstante, el cambio de confederación no ha evitado a los Socceroos volver a padecer los rigores del repechaje. Una decepcionante clasificación, marcada por el polémico doping positivo de Carl Williams y por una seguidilla de empates inexplicables, lastraron las esperanzas de Australia, que tuvo que conformarse con una clasificación in extremis para la repesca, por diferencia de gol.
El rival, Uruguay, no era un hueso fácil para el equipo de John Whiscoigne. El entrenador inglés, sin embargo, no perdió su aplomo y prometió a sus fieles seguidores la presencia australiana en el Mundial. Para ello, apostó por el bloque habitual, con el veterano Max Gibson ejerciendo de organizador en lugar del lesionado Williams. El primer partido, en casa, fue desastroso: Uruguay jugó a mantener el cero en su arco, y Australia fue incapaz de crear peligro. La prensa inglesa (la australiana, a decir verdad, no prestó mucha atención al asunto) atacó duramente a Whiscoigne y exigió su dimisión, acusándolo de haber desperdiciado una oportunidad de oro. The Sun llegó a recomendar a la Federación de Fútbol de Australia la contratación de técnicos ganadores, como José Mourinho o Ramón Díaz.
Sin embargo, el inglés se mantuvo firme en su puesto y en sus convicciones y planteó un serio partido de vuelta en Montevideo. Uruguay se mostró mucho más ofensivo, aunque sin ideas claras, y el bloque destructivo conformado por los australianos, con cinco mediocampistas (dos de ellos defensivos) terminó por liquidar la circulación de balón, el ritmo del partido, los avances charrúas y el fútbol en general.
Cuando el encuentro acabó cero a cero y todo quedó por definirse en la ronda de penales, Whiscoigne se mostró satisfecho. Sabía que la lotería no dejaría mentir a un caballero británico, y que su promesa de estar en el Mundial ya era un hecho. Y así fue: un zapatazo muy desviado del zaguero uruguayo Wellington Garaycoechea, que mandó el balón por encima del travesaño, dejó mudo al Estadio Centenario y a Australia dentro de la competición futbolística más importante del mundo.
Si hay una enseñanza positiva de esta experiencia es que Australia ya está empezando a sentir que el fútbol es algo más que golear a Samoa Occidental o a las Islas Fidji: el fútbol es sufrimiento.
Wellington Garaycoechea, después de fallar el penal clave que clasificó a Australia para el Mundial.